Por qué "Frankenstein" de Mary Shelley es un historia de terror incomprendida

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- Autor, Rebecca Laurence
- Título del autor, BBC Culture*
- Fecha de publicación
- Tiempo de lectura: 12 min
Un clásico revolucionario del género de terror que ha servido de inspiración a generaciones: ¿por qué, más de dos siglos después, el mensaje de la novela de Mary Shelley, publicada en 1818, sigue quedando eclipsado por su propio éxito?
"¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡¡¡Está vivo!!!" — Frankenstein (dir. James Whale, 1931).
Una noche, durante el verano europeo de 1816 —inusualmente frío y húmedo—, un grupo de amigos se reunió en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán.
"Cada uno de nosotros va a escribir una historia de fantasmas", anunció Lord Byron a los presentes, entre quienes se encontraban su médico, John Polidori; el poeta Percy Shelley; y Mary Wollstonecraft Godwin —quien más tarde adoptaría el apellido Shelley—, que por aquel entonces tenía 18 años.
"Me puse a pensar en una historia", escribió ella, "una que apelara a los temores más recónditos de nuestra naturaleza y despertara un horror estremecedor".
Ese relato terminó convirtiéndose en una novela, publicada dos años más tarde bajo el título "Frankenstein o el Prometeo moderno".
La obra narra la historia de Victor Frankenstein, un joven estudiante de filosofía natural que, impulsado por una ambición desmedida, logra proporcionar vida a un cuerpo, pero que, presa del miedo y el asco, termina rechazando a su aterradora "criatura".
"Frankenstein" es, a la vez, la primera novela de ciencia ficción, una obra de terror gótico, un romance trágico y una parábola, todo integrado en un único y monumental conjunto.
Sus tragedias centrales —por un lado, los peligros de "jugar a ser Dios"; por otro, el abandono parental y el rechazo social— siguen siendo hoy tan relevantes como siempre.
Parte del imaginario colectivo

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¿Existen otros personajes de ficción que estén más profundamente arraigados en el imaginario popular?
Los dos arquetipos centrales a los que Mary Shelley les dio vida —la "criatura" y el "científico loco" desmedidamente ambicioso— saltaron de las páginas a los escenarios y a la gran pantalla, cautivando a los espectadores de teatro y cine y convirtiéndose en dos de los iconos más perdurables, no solo dentro del género de terror, sino en toda la historia del cine.
"Frankenstein" dio lugar a interpretaciones y parodias que se remontan a los mismísimos orígenes del cine —con el aterrador cortometraje de Thomas Edison de 1910—, pasando por las producciones de Universal Pictures en Hollywood y la serie de películas de la británica Hammer, hasta llegar a The Rocky Horror Picture Show.
También fue precursora de obras como "2001: Odisea en el espacio".
Existen versiones italianas y japonesas de "Frankenstein", e incluso una cinta del género blaxploitation (películas de crimen y acción de bajo presupuesto) titulada Blackenstein; por su parte, cineastas como Mel Brooks, Kenneth Branagh y Tim Burton han ofrecido sus propias visiones.
Sus personajes y temas han aparecido en —o han servido de inspiración para— cómics, videojuegos, novelas derivadas, series de televisión y canciones de artistas tan diversos como Ice Cube, Metallica o el grupo T'Pau, que en su tema China in Your Hand dice: "Fue un vuelo sobre las alas de los sueños de una joven / que se alejó demasiado... Y pudimoss hacer que el monstruo volviera a la vida".
En 2025, el director de cine de ciencia ficción y terror Guillermo del Toro hizo realidad, por fin, su sueño de la infancia de llevar "Frankenstein" a la gran pantalla; un proyecto gestado con auténtica pasión durante más de 30 años.

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Como parábola, la novela ha servido de argumento tanto a favor como en contra de la esclavitud y la revolución, la vivisección y el imperialismo; asimismo, ha funcionado como un diálogo entre la historia y el progreso, la religión y el ateísmo.
El prefijo "Franken-" ha arraigado en el léxico moderno como sinónimo de cualquier inquietud relacionada con la ciencia, los científicos y el cuerpo humano; se ha empleado para articular preocupaciones en torno a la bomba atómica, los cultivos transgénicos, los alimentos insólitos o la investigación con células madre, y ha servido tanto para definir como para mitigar los temores respecto a la inteligencia artificial.
En los más de dos siglos transcurridos desde que Mary Shelley escribió la obra, su relato —en palabras de la canción Monster Mash, el éxito de 1962 de Bobby Pickett (inspirado, a su vez, en la interpretación de Boris Karloff)— se ha convertido, verdaderamente, en un "éxito de ultratumba" que "cobró fuerza en un instante".
"Misteriosos temores de nuestra naturaleza"

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"Todos esos científicos... son todos iguales. Dicen que trabajan para nosotros, ¡pero lo que en realidad quieren es dominar el mundo!". — El joven Frankenstein (dir. Mel Brooks, 1974).
Pero ¿por qué la visión de Mary Shelley sobre una "ciencia que se descontrola" tuvo tanto eco en aquella época?
Sin duda, supo captar el espíritu de su tiempo: a principios del siglo XIX, la sociedad se encontraba en el umbral de la era moderna y, aunque el término "ciencia " ya existía, el concepto de "científico" aún no.
Los grandes cambios sociales suelen generar temores que encuentran su expresión a través de la cultura.
"La modernidad trae consigo una sensación de ansiedad sobre lo que los seres humanos son capaces de hacer; en particular, una inquietud respecto a la ciencia y la tecnología", señala Fiona Sampson, autora de "En búsqueda de Mary Shelley".
"Frankenstein" fusionó, por primera vez, estas preocupaciones de la época sobre las posibilidades de la ciencia con la ficción, logrando un resultado electrizante.
Lejos de ser una fantasía totalmente descabellada, la novela planteaba qué podría ocurrir si las personas —y, en particular, los científicos que se extralimitan o pierden el control— llegan demasiado lejos.
En la novela aparecen varios temas que formaban parte del debate intelectual popular del siglo XIX.
Los escritos de Mary Shelley revelan que, durante aquel encuentro en Villa Diodati en 1816, ella y Lord Byron discutieron sobre el "principio de la vida".
Por aquel entonces, existían intensos debates sobre la naturaleza de la humanidad y la posibilidad de resucitar a los muertos.
En el prefacio de la edición de 1831, Mary Shelley menciona el "galvanismo" como una de sus influencias, en referencia a los experimentos de Luigi Galvani, quien utilizaba corrientes eléctricas para provocar espasmos en las patas de las ranas.
En 1803, el sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, fue más allá al utilizar el cadáver de un asesino recién ejecutado para sus experimentos.
Muchos de los médicos y pensadores que protagonizaban estos debates —como el químico Humphry Davy— estaban vinculados al padre de Mary Shelley, el destacado intelectual William Godwin, quien había formulado principios que advertían sobre los peligros y las implicaciones morales de "ir demasiado lejos".

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A pesar de estos destellos de pensamiento contemporáneo, en "Frankenstein" apenas hay una teoría, un método o un detalle científico tangibles.
El momento culminante de la creación se describe de forma sencilla: "Con una ansiedad que rozaba la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos de la vida, para poder infundir una chispa de existencia en el ser inerte que yacía a mis pies".
La "ciencia" de la novela está arraigada en su época y, sin embargo, es atemporal.
Es, por tanto, tan vaga que ofrece un punto de referencia maleable para los momentos de mayor cambio y temor de los dos siglos siguientes.
Mezcla de monstruos

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Pero, sin duda, la razón por la que "Frankenstein" se convirtió en un símbolo de las inquietudes en torno a la ciencia reside en la impresión que el "monstruo" y el "científico loco" han dejado en el público.
¿Cómo pasó esto? Del mismo modo que la ciencia aparece descrita de forma vaga en el libro, también lo es la descripción de la criatura en el instante en que cobra vida.
El momento se condensa en una única imagen estremecedora:
"Era ya la 1 de la madrugada; la lluvia golpeaba lúgubremente los cristales y mi vela estaba a punto de consumirse cuando, bajo el tenue resplandor de la luz casi extinguida, vi abrirse el ojo de color amarillo apagado de la criatura; esta respiraba con dificultad, y un movimiento convulsivo agitaba sus extremidades".
Con su "piel amarillenta", sus "ojos acuosos" y su "tez marchita", la criatura dista mucho del ideal de belleza que Victor Frankenstein había imaginado.
Esta prosa, sobria pero elocuente, resultó irresistible para el teatro —y, más tarde, para el cine y su público—, tal como señala Christopher Frayling en su libro "Frankenstein: Los primeros 200 años".
La impactante novela se convirtió en una obra de teatro escandalosa y en un éxito rotundo, primero en Gran Bretaña y después en el extranjero.
Estas primeras adaptaciones teatrales, escribe Frayling, "marcaron la pauta para futuras dramatizaciones".
En ellas, la historia se condensó en arquetipos básicos, incorporando muchos de los elementos más memorables que el público reconocería hoy en día: el ayudante de laboratorio cómico, la frase "¡Está vivo!" y un monstruo que apenas habla.

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Resulta, tal vez, un arma de doble filo el hecho de que el éxito descomunal de las versiones de Hollywood —en particular la película de 1931 de James Whale, protagonizada por Boris Karloff en el papel de la criatura—, si bien garantizó en gran medida la perdurabilidad de la historia, terminó por eclipsar, en cierto modo, la versión original de Shelley.
"'Frankenstein' [la película] creó la imagen cinematográfica definitiva del científico loco y, de paso, dio pie a un sinfín de imitaciones", escribe Frayling.
"Fusionó una variante domesticada del expresionismo, la sobreactuación, una adaptación irreverente de un clásico consagrado, la participación de actores y artistas visuales europeos —sumada a la tradición de las ferias ambulantes estadounidenses— para dar lugar a un género propiamente norteamericano. Llegó a parecer, de hecho, que Hollywood había inventado Frankenstein".
Y así nació una leyenda del cine.
Y, del mismo modo que Hollywood seleccionó elementos de la obra de Mary Shelley para consolidar su propia versión, ella misma se había nutrido de relatos históricos y bíblicos para crear su propio mensaje y su propia mitología.
El subtítulo de la novela, "El Prometeo moderno", remite a la figura de la mitología grecolatina que, según diversas versiones, roba el fuego a los dioses para entregárselo a la humanidad, y simboliza los peligros de ir más allá de los límites permitidos.
Otra gran alusión presente en la novela remite a Dios y a Adán; de hecho, en el epígrafe del libro aparece una cita de "El paraíso perdido": "¿Acaso te pedí yo, Creador, que de mi barro / me formaras hombre?".
Podría decirse que es precisamente la humanidad de la criatura —así como su tragedia— lo que, en sus diversas transformaciones cinematográficas en un monstruo mudo pero aterrador, ha quedado a menudo en el olvido.
El monstruo de Shelley

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Shelley dotó a la criatura de voz y de una formación literaria para que pudiera expresar sus pensamientos y deseos (es uno de los tres narradores de la obra).
Al igual que Calibán en "La tempestad" —a quien Shakespeare le da un discurso poético y conmovedor—, el lamento de la criatura resulta inquietante:
"Recuerda que soy tu criatura; debería ser tu Adán, pero soy más bien el ángel caído, a quien expulsas de la dicha sin haber cometido falta alguna. Por todas partes veo la felicidad, de la cual solo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bondadoso y bueno; la miseria me convirtió en un ser malvado. Hazme feliz y volveré a ser virtuoso".
Si se percibe a la criatura como un ser humano deforme, más que como un monstruo, su tragedia cobra mayor profundidad.
Primero es rechazado por su creador —lo que Christopher Frayling denominó "ese momento posparto"—, algo que a menudo se interpreta como un abandono parental.
Si tenemos en cuenta que Mary Shelley perdió a su propia madre, Mary Wollstonecraft, al nacer; que acababa de enterrar a su propia hija; y que cuidaba de su hermanastra embarazada mientras escribía el libro —cuya redacción le llevó exactamente nueve meses—, resulta evidente que el nacimiento (y la muerte) son elementos fundamentales en la obra.
La criatura recién nacida se ve aún más marginada a medida que la sociedad se aparta de ella con horror; su naturaleza original era bondadosa, pero es el rechazo lo que engendra su venganza asesina.
Se trata de una poderosa alegoría sobre la responsabilidad que tenemos hacia los niños, los marginados o aquellos que no se ajustan a los cánones convencionales de belleza.
"A veces nos identificamos con el doctor Frankenstein —puesto que todos hemos corrido riesgos y todos hemos tenido momentos de arrogancia—, pero también, en parte, con la criatura; ambos representan facetas de nosotros mismos, de todo lo que somos", señala Fiona Sampson.
"Ambos nos hablan de lo que significa ser humano. Y eso es algo increíblemente potente".
Pero la empatía y la humanidad —que a menudo se han perdido en el núcleo de la novela de Shelley— quedan restituidas en la adaptación más reciente.
Antes de su estreno en el Festival de Cine de Venecia en 2025, el director Guillermo del Toro le dijo a la revista Variety que su versión —protagonizada por Oscar Isaac en el papel de Victor Frankenstein y Jacob Elordi como la criatura— no es tanto una obra de terror, sino una exploración de "la genealogía del dolor familiar", en la que Isaac encarna a un padre abusivo que abandona a su hijo: la criatura.

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"Era un ser ajeno. No encajaba en el mundo. Se sentía fuera de lugar, de la misma manera en que yo me sentía de niño", comentó Del Toro sobre la criatura, describiendo además la historia de Shelley como un elemento central en su propia vida y obra.
"'Frankenstein' es un canto a la experiencia humana... Hay mucho de mi propia biografía en el ADN de la novela".
Al recoger un premio Bafta en 2018 por otra fábula sobre monstruos, The Shape of Water, Del Toro le agradeció a Shelley por haberlo inspirado:
"Ella retomó el drama de Calibán, le dio peso a la carga de Prometeo, le dio voz a los que no la tienen y presencia a los invisibles; me enseñó que, a veces, para hablar de monstruos necesitamos crear nuestros propios monstruos, y las parábolas nos sirven para eso".
Resulta casi inconcebible pensar que cuando Mary Godwin —que todavía no se llamaba Shelley— concibió su escalofriante parábola sobre monstruos en aquel verano de 1816, pudiera haber imaginado que llegaría a influir tanto en la cultura, la sociedad, la ciencia y el miedo, y que seguiría suscitando debates —y dando lugar a obras de arte— bien entrado el siglo XXI.
"Y ahora, una vez más, insto a mi espantosa progenie a seguir adelante y prosperar", escribió en el prefacio de la edición de 1831.
La creadora y la criatura, el progenitor y su descendencia, la escritora y su historia siguieron adelante. ¿Y prosperaron?
Más de 200 años después de su publicación, el "Frankenstein" de Mary Shelley ya no es solo un relato de "terror apasionante", sino un mito en sí mismo, lanzado al mundo.
*Esta es una adaptación al español de una historia de BBC Culture. Si quieres leer la versión original en inglés, haz clic aquí.
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