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"Cuando vienes de una familia pobre que ha bregado tanto sientes la responsabilidad de salvar a tus padres"
Rosa Chávez Yacila (Lima, 1988) creció en una casa del Cono Norte de Lima viendo a su madre trabajar extenuantes jornadas limpiando casas ajenas y a su padre multiplicarse para administrar un restaurante.
Dos cuerpos que revoloteaban a su alrededor casi siempre cansados mientras ella los miraba con curiosidad, fijándose sobre todo en las palabras que dejaban caer.
"Estoy nerviosa", "yo, como siempre, nerviosa", "tú ya sabes que las Yacila somos bien nerviosas", le escuchaba decir a Graciela, su madre.
¿Nerviosas? ¿Qué cosa es ser nerviosa?
En su novela autobiográfica "Las nerviosas", Chávez Yacila recorre con curiosidad clínica su vida y la de otras mujeres de su familia en búsqueda del inconsciente de esa palabra, la elegida en su léxico para referirse a los padecimientos mentales.
Ese nerviosismo, al que los médicos llamarían depresión o ansiedad, es lo más parecido a una herencia que circula en su familia.
A través de una narración sobria y delicada, "Las nerviosas" pone la mirada en las conexiones no dichas entre clase social y salud mental, y en cómo la relación de una madre y una hija se teje en torno a (y a veces gracias a) los sufrimientos compartidos.
Chávez Yacila habló con BBC Mundo en el marco de la presentación de su libro en el HAY Festival Arequipa 2026. Lo que sigue es una versión editada de la conversación.
Hay una frase de tu madre que detona toda la novela: "Tú sabes que las Yacila somos bien nerviosas". ¿Por qué te detuviste ahí y qué fue lo que encontraste?
Bueno, este es un libro autobiográfico o de no ficción en el que se cuenta la historia de una madre y una hija que se han denominado por mucho tiempo "nerviosas".
La madre siempre habla de que las Yacila son nerviosas, y en determinado punto de su vida, la hija empieza a preguntarse qué cosa es ser nerviosa, qué puede significar ese nerviosismo.
Y va indagando sobre eso, que tiene que ver en realidad con síntomas depresivos y ansiosos, tanto en el caso de ella como en el de la madre.
Hace unas semanas, tuve un conversatorio con una psicóloga comunitaria, y ella decía: 'Ni siquiera importa tanto cómo denomines lo que estás sintiendo siempre y cuando de alguna manera te hagas cargo'.
Pero claro, en la búsqueda de hacerte cargo te vas dando cuenta de que el sistema de salud está quebrado. Te encuentras con médicos de todos los calibres: unos buenos, pero también muchos malos médicos.
Puede ser como un entrampamiento. Tienes que persistir, pero en esa persistencia se te va el tiempo, se te va el dinero, y no mucha gente tiene esa posibilidad.
En los últimos años, hemos visto una explosión de la conversación sobre salud mental: podcasts, líneas de atención, políticas públicas, reels en Instagram... ¿Qué reacción te genera?
Es cierto que hay más voluntad de hablar de ciertos temas que antes no se hablaban. Cuando yo recién empecé como a ir a psicólogos o psiquiatras, estamos hablando de hace 20 años, ya se hablaba más que en la época de mis padres, por ejemplo.
Ahora con las redes sociales también es todavía mucho más común. Y te topas con gente que es muy responsable con la información.
Pero es un arma de doble filo, porque también viene la desinformación y gente autodiagnosticándose con cuadros o neurodivergencias, o tomando a la ligera ciertos temas.
A mí, por ejemplo, a veces me incomoda la forma en la que se banaliza la toma de antidepresivos o ansiolíticos. No es algo terrible ni mucho menos, pero tampoco es como tomar una pastilla para la gripe.
No sé si a mí me hubiera gustado vivir mi adolescencia en esta época. Tal vez habría estado atiborrada de tanta información.
En tu relato pones el tema de la salud mental junto al de la pobreza, uno junto al otro...
Me ha sorprendido mucho de la recepción del libro la cantidad de lectores y lectoras que me dicen que nunca habían leído algo que reflejara así la historia de sus familias.
Y la verdad es que yo no escribí el libro como diciendo "bueno, voy a escribir sobre esto porque es necesario". No era algo que yo tenía calculado. Son las observaciones que yo he tenido durante toda mi vida, las imágenes que han venido una y otra vez a mí, y por eso las expresé de la manera en la que yo expreso mis pensamientos, que es escribiendo.
Pero ciertamente, si tú te pones a ver la literatura peruana o literatura en general, no ves mucho este conflicto de la salud mental y el dinero.
Y, para mis amigos y mis amigas, como somos de una clase social más o menos parecida, siempre ha sido un asunto la plata en las casas. Siempre. Es algo que implica enfermedades, migración y un montón de cosas cruciales en una familia.
Entonces sí me llamaba la atención de que no haya sido tan explorado en la literatura.
Como te digo, no lo calculé. Pero creo que se trata de eso finalmente, de escribir algo original, mirar donde antes otra persona no vio algo, o mirarlo de otra manera, o decirlo de otra forma.
En un momento, tu madre va por tu casa limpiando, escuchando una emisora llamada Radio Felicidad, cuyo lema es "Me siento bien". Me pareció que esa escena delata una desdicha colectiva... ¿Cuántas mujeres habría como ella, buscando en esas palabras que salían del radio un poco de alegría o de sosiego? ¿Por qué crees que los padecimientos mentales se siguen navegando tan solitariamente?
Yo creo que cada vez hay más espacios colectivos. He visto, por ejemplo, que la comunidad neurodivergente tiene sus grupos de apoyo.
Pero, después de todo, tener algún padecimiento emocional o no sentirse bien aún sigue siendo un tema tabú. Sigue dando vergüenza o pudor. O no se considera que sea algo a lo que debas prestarle atención.
Yo misma, aunque parezca paradójico, no hablo de mi salud mental así nomás.
He hablado y sigo hablando de salud mental, pero tampoco ahondo mucho en el tema, porque todavía siento que la gente no está tan preparada para oír ciertas cosas sin juzgar o sin preocuparse.
La depresión y la ansiedad te llevaron a un lugar de mucha desesperanza. ¿Cómo se sale de ahí? ¿Es posible?
Quiero ser muy cuidadosa al decir esto, porque cada caso es muy particular.
No puedo decir que sí, que es posible en todos los casos y que, si te esfuerzas, lo vas a conseguir. No creo que funcione así.
Sin embargo, yo igual tengo optimismo por la vida, y lo único que creo que he hecho en todo este tiempo —por terca, supongo, y también porque he estado rodeado de gente muy buena— es intentar una vez más. Solamente eso.
Pero sí depende de la gente que te rodea, tu disposición, tu tiempo, el dinero también.
Cuando regresas de España a Lima con tu pareja, le pides que se queden viviendo en el Cono Norte de Lima. Háblame de ese lugar y lo que significa ser "conero".
Probablemente una de las cosas que más me gusta de todo lo que está pasando con el libro es que se esté hablando del concepto de cono en otros países. Nunca imaginé que fuera posible.
Cuando Lima empezó a expandirse a partir de los 50, los migrantes andinos empezaron a salir del centro de la ciudad e irse hacia los márgenes.
Esas partes donde los migrantes del Ande se fueron asentando tenían en el mapa una forma como de conos de helado.
No son las partes más bonitas, ni turísticas, ni seguras de Lima, pero es donde vive la mayoría de la gente.
Son barrios que siguen enfrentando muchas carencias y marginación también.
"Conero" sigue siendo un insulto. Significa que eres alguien maleducado, chabacano, de mal gusto, hasta delincuencial.
Más allá de vivir en el cono, ser conero o conera está asociado a cierta estética, cierta forma de hablar, cierta educación.
Es interesante que ese concepto de cono parte de una mirada que diagnostica desde arriba, no la mirada de una persona que está ahí presente. Tú sí creciste ahí. ¿Qué imágenes de tu infancia en el cono le contarías a alguien que no lo conoce?
Algo que yo recuerdo, que me gusta y que aquí donde vivo ahora no lo tengo mucho es la idea de vecindad: tener vecinos, comercios pequeños por las calles...
Pero también recuerdo, por ejemplo, el problema de las pandillas. Hubo una época en la que todos los sábados como a la medianoche se enfrentaban dos pandillas en la esquina de mi casa.
Llevaban una especie de sables y los chocaban con el piso para amenazarse entre ellos.
Al día siguiente, el domingo, tú salías a comprar el pan y veías todo lleno de piedras que se habían tirado entre ellos.
También, cuando era carnavales en febrero, se le tiraban globos de agua a la gente pasando por la calle para que se mojaran. Tenías que tener cuidado al salir a la calle porque de pronto un grupo chicos venían a tirarte globos y te quedabas empapada.
Ese tipo de cosas —bueno, y los siete locos de mi cuadra también— me formaron, me dieron parte de la sensibilidad que tengo.
Y hay otra capa que mencionas en el libro de esa vida del cono, que es lo cholo. ¿Qué vigencia tiene esa categoría?
Sigue siendo una categoría vigente. Yo diría que cada vez menos como insulto o como algo peyorativo, porque en los últimos 20 años ha habido una reivindicación del término.
Y además, porque chola o chola aquí en Perú también puede ser una palabra que implica mestizaje. En ese sentido, todos somos cholos.
Pero en su sentido más primigenio, cholo quiere decir que eres una persona de ascendencia indígena, de ascendencia andina, sobre todo. Y sigue siendo un insulto.
En Perú estamos viendo un viraje al ultraconservadurismo, y hay gente nuevamente envalentonada para insultarte en la calle o para decir cosas que quizás hasta hace unos años las pensabas pero no las decías porque ibas a ser cancelado.
Yo no cantaría victoria.
Es una palabra que he escuchado toda mi vida, porque en mi casa era un término que se utilizaba mucho de cariño.
Mi mamá le decía a mi papá cholo, cholito, a mí me decían cholita. Siempre lo escuché de esa manera en mi casa.
Afuera ya es distinto.
Sin duda, el tema más importante del libro es tu relación con tu madre. Ahondas en la culpa que sientes por todo lo que a ella le ha tocado trabajar y la responsabilidad que sientes de salvarla. ¿Es algo que sigues sintiendo hoy? ¿O cómo entendiste que no te correspondía?
Bueno, yo estoy bien terapiada. Ha sido un proceso de años.
Como en el libro se menciona, y lo veo mucho en amigos y amigas que compartimos el mismo origen, una suele sentir esa responsabilidad con los padres, sobre todo cuando has visto que se han esforzado tanto por mantenerte o por sacarte adelante.
Es muy difícil que, si eres una persona con cierto grado de empatía, no sientas eso. Y creo que sí es una cuestión de clase.
Cuando vienes de estas familias pobres, que han bregado tanto, sientes esa especie de responsabilidad de salvar a tus padres.
Pero en un punto está bueno comprender que lo que tus padres hicieron, sin desmerecer su esfuerzo ni mucho menos, fue ser padres.
Los padres te tienen que criar, te tienen que mantener. Es una obligación moral, pero también una obligación legal incluso.
A mí me sirvió tener en cuenta eso para acomodar mis pensamientos al respecto. Admiro y estoy muy agradecida con mis padres, por todo lo que hicieron porque fue difícil, pero ya no siento culpa. Creo.
Hay una parte de tu historia que denominas "los días del terror a las llamas", apropiándote de una analogía de David Foster Wallace. Es la época en que lidias con la ideación suicida. Pero no intentas ponerle mucho dramatismo a esa experiencia, no la vuelves el único centro de gravedad de la historia...
Creo que tiene que ver con el tono que le quise dar al libro.
Hemos hablado de salud pública, de lo cholo, del Cono Norte... Si yo me viera desde fuera, diría 'esta ha querido escribir un panfleto, cumplir todos los checks para ganar las olimpiadas de la opresión'. Pero, de nuevo, no es algo que yo haya planeado.
Yo era consciente de que estaban entrando cuestiones de género, de clase social, de salud mental, pero precisamente no quería que fuera una cosa panfletaria.
No quería que se sintiera que estaba enarbolando una consigna política, por más de que luego tú saques tus propias conclusiones.
Fui muy cuidadosa en eso, y también fui muy cuidadosa en no exagerar, en no describir de más.
No es necesario que tú digas que algo es doloroso para que se entienda que es doloroso.
Por ejemplo, cuando yo leí lo de David Foster Wallace del terror a las llamas, dije 'yo no puedo decir esto mejor'.
Este libro lo asumí de verdad como un trabajo literario.
Ya había mucha separación del tema cronológica y emocional, entonces estaba como desdoblada y muy consciente de lo que estaba haciendo narrativamente.
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