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"El mundo se ha vuelto un lugar extraño": el desconcierto que genera el fin de las viejas certezas
Farid Kahhat cuenta que aprendió a explicar con simpleza el mundo cuando hablaba con su padre, quien tuvo que dejar el colegio para trabajar y ante su jerga académica le decía: "Ya empezaste a hablar tonterías".
Ahora, este profesor de relaciones internacionales en la Universidad Católica del Perú busca elucidar el rumbo global para un público amplio en su más reciente libro, titulado "El mundo se ha vuelto un lugar extraño".
Sus páginas recogen investigaciones y ensayos recientes de Kahhat para pódcasts sobre temas variados: desde la presidencia de Donald Trump en Estados Unidos hasta el cambio climático o las redes sociales.
"Han ocurrido cosas que no tienen precedentes, cuando menos, desde el fin de la Guerra Fría", observa Kahhat en una entrevista con BBC Mundo antes del hay Festival de Arequipa, donde participa esta semama como invitado.
Lo que sigue es un resumen editado con fines de claridad del diálogo con el autor de otros libros, como "El eterno retorno", sobre la derecha radical en el mundo contemporáneo.
¿A qué te refieres con que "El mundo se ha vuelto un lugar extraño"?
Por ejemplo, a que era absolutamente inesperado que uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU con derecho a veto, como Rusia, fuera el primer país en cuatro décadas en violar el principio de que es inadmisible la adquisición de territorios por medio de la guerra.
Rusia hizo eso en 2014, al anexar la península de Crimea. Y luego al atacar Ucrania.
EE.UU. aceptaba ese principio de que es inadmisible adquirir territorio por la fuerza. Y de pronto, Trump empieza a insinuar que podría hacerlo en el caso de Groenlandia —un aliado de la OTAN— y del canal de Panamá.
EE.UU. nunca había atacado el territorio de un país sudamericano, como hizo este año en Venezuela.
¿Y cuál es la principal diferencia respecto a lo que pasaba antes, en tiempos de la Guerra Fría o de guerras mundiales devastadoras?
Un autor en la revista Foreign Policy dice que la primera década de este siglo fue la mejor década en la historia de la humanidad: en el mundo disminuyen las guerras civiles e interestatales, las bajas en guerra, la pobreza —aunque buena parte de esto lo explica China— y crece la expectativa de vida. Pese al 11 de Septiembre y la llamada de guerra contra el terrorismo, algunos indicadores mejoraron dramáticamente.
Eso empieza a deteriorarse a partir del 2011, con guerras que empiezan siendo civiles pero que atraen actores internacionales, estatales y no estatales, como fue el caso de Siria.
Y hay punto de inflexión con Trump, que desecha todas las viejas certezas.
En el libro señalas como un gran cambio que EE.UU. plantee volver a un escenario previo al orden internacional creado tras la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo es esto, si Washington fue clave para crear ese orden que la gran mayoría de los países preferirían antes que el desorden previo, como apuntas?
Trump siempre creyó que el orden de la postguerra había perjudicado a EE.UU., que lo había convertido en un país con déficits comerciales crónicos y le había impedido desplegar todo su poderío.
Es un orden que permitió a China ingresar a la Organización Mundial de Comercio sin ser una economía de mercado, y disfrutar de las ventajas de ese sistema sin cumplir con sus condiciones, según Trump.
Esto tiene mucho que ver con la visión particular de Trump.
¿Coincides con otros analistas en que volvemos a un mundo donde, en lugar del derecho internacional, manda el poderío militar de países como EE.UU., China y Rusia?
Creo que Trump y Putin quieren ir en esa dirección. Xi Jinping tiene una visión más matizada porque, contra lo que uno podría creer, China no es un país revisionista en el sentido de querer cambiar dramáticamente las reglas de juego a nivel internacional, ya que se ha enriquecido con ellas.
No estamos en la situación del período de entreguerras. Pero ya vemos un deterioro. Por ejemplo, disminuye la ayuda para el desarrollo, aumentan las muertes que podían haberse evitado con esa ayuda y entramos en guerras interminables que las grandes potencias creían que podían resolver en semanas.
La buena noticia, diría, es que los abusos de poder de las grandes potencias han tenido límites.
Los desarrollos tecnológicos recientes han favorecido la defensa sobre el ataque. Y eso ayuda a explicar que Irán no haya podido ser derrotada por EE.UU., y que Ucrania no haya podido ser derrotada del todo por Rusia, aunque ahí la intervención de la OTAN es también importante.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, confesó en enero que sabían que "la narrativa sobre el orden basado en normas era parcialmente falsa" y "que los más fuertes se eximirían a ellos mismos cuando les fuera conveniente". ¿Cuál es la diferencia entonces?
La diferencia es que ese orden, con todos sus bemoles, funcionaba lo suficiente para que ya no estuviéramos en un mundo en el cual potencias europeas bloqueaban puertos venezolanos para exigir el pago de la deuda pública externa del Estado venezolano, como ocurrió entre 1902 y 1903.
No volvió a ocurrir nada remotamente parecido en más de un siglo, hasta que Trump hizo exactamente eso a fines de 2025.
Era un mundo con injusticias e inequidades en la aplicación del derecho internacional. Pero se aplicaba lo suficiente como para que, por ejemplo, EE.UU. respetara sus acuerdos comerciales, cosa que ha dejado de hacer bajo Trump, al imponer aranceles virtualmente universales sin justificación válida.
En el libro también señalas que un problema de fondo es que Trump carece de un "plan maestro que guíe su conducta". ¿Cómo es esto?
Que él declare que quiere ser impredecible tanto para sus aliados como para sus enemigos, y que eso lo hace un actor con poder de negociación, sugiere que tiene un plan maestro.
Pero creo que no lo tiene, por cómo cambia.
Por ejemplo, el propósito de los aranceles inicialmente era recuperar inversión industrial, que madura en periodos de años, y por ende deberías mantener los aranceles por tiempo indefinido. Pero luego hemos visto cómo se negocia la preservación de los aranceles, dependiendo de las concesiones que EE.UU. obtenga de la contraparte.
Entra al gobierno diciendo que es el presidente que va a acabar con las guerras interminables y luego inicia una guerra como la de Irán, que según su cálculo iba a durar días y ahora tiene seis meses sin que sepamos hacia dónde va.
Estos cambios constantes de posición me indican que no hay un plan maestro.
¿Cuál es el principal reto para América Latina en este contexto mundial?
América Latina tiene la peculiaridad de que necesita una buena relación con EE.UU., que sigue siendo un socio comercial importante, una fuente importante de inversión extranjera directa, el principal abastecedor de armamento, el principal socio en temas de seguridad y de lucha contra el narcotráfico.
Y en ocasiones, EE.UU. ha sido un aliado para la preservación de la democracia y los derechos humanos, aunque eso haya cambiado con Trump.
Teniendo que mantener una buena relación con EE.UU., los países han buscado históricamente preservar su autonomía como actores en el sistema internacional. Y ahora las derechas radicales tienen una alianza virtualmente incondicional con Trump.
Pero además, en Sudamérica la mayoría ya tienen como principal socio comercial y fuente de inversión extranjera a China. Y no pueden hacer concesiones a EE.UU. en su relación con China, algo que EE.UU. busca según documentos oficiales, sin sufrir grandes costos económicos, no solo por la interdependencia.
China también puede amenazarnos con sanciones y aplicarlas, como ya está haciendo con Panamá por ceder a las presiones norteamericanas en torno a la empresa china que administraba puertos en ambos extremos del canal de Panamá.
¿El desafío de América Latina es mantener una especie de equilibrio o neutralidad entre EE.UU. y China?
Uno podría haber dicho en el pasado que no cabe neutralidad, porque EE.UU. está del lado de la democracia y los derechos humanos, y China no. Pero con Trump eso puede ponerse en tela de juicio.
Sí diría que nos conviene mantener buenas relaciones con ambas potencias —por eso algunos a resucitan el término "no alineamiento"— que entre ellas además tienen relaciones económicas significativas.
No hay razón por la cual debieran exigirnos a nosotros que rompamos con una.
¿Es consistente el alineamiento de los gobiernos latinoamericanos de derecha con Trump?
Para mí es un error, más allá de la ideología.
El Escudo de las Américas es una reedición a nivel hemisférico del Plan Colombia, sin los recursos entregados por EE.UU. a ese país. El Plan Colombia fracasó en el propósito de reducir la producción y comercialización de cocaína. ¿Por qué un plan a nivel regional con menos recursos va a tener éxito?
Además, el Escudo de las Américas pone el énfasis en el uso de la fuerza militar. Y ya vemos en el caso de las lanchas hundidas en el Caribe el problema que eso implica. Primero, violación de derechos humanos: más de 200 muertos sin que se haya probado que tenían vínculos con el narcotráfico. Y, según la propia agencia del gobierno federal contra las drogas, la DEA, esos hundimientos no han tenido ningún efecto en la oferta de droga en EE.UU.
EE.UU. le pide a países como Ecuador que exima a sus soldados de responsabilidad ante cortes locales. Entonces, son los soldados de nuestros países los que van a tener que responder si llega a haber violaciones a derechos humanos.
¿No es necesario el apoyo de EE.UU. contra el narcotráfico, un problema que preocupa a la región?
Sí hay necesidad de cooperación con EE.UU. en la lucha contra el narcotráfico, pero eso ya se daba con la DEA y el FBI sin necesidad del Escudo de las Américas.
También hay cosas que EE.UU. hace, pensando en China o en otras regiones, que afectan adversamente a los países de América Latina, por muy aliados de Trump que sean. A Perú le ha aplicado aranceles punitivos a las exportaciones de derivados de cobre peruanos, porque se procesan en China.
Un canciller de Argentina en la época de la "República Conservadora" que Milei tanto elogia, Luis María Drago, en respuesta al bloqueo de puertos venezolanos entre 1902 y 1903 esgrimió la tesis de que no es lícito usar la fuerza o atacar el territorio de un país para obligar a pagar la deuda externa. Hoy eso es parte del derecho internacional.
Y Milei apoyó cuando Trump bloqueó puertos venezolanos entre fines de 2025 e inicios de este año, pese a que era una violación flagrante del derecho internacional, no solo para cobrar deuda sino también para exigir acceso al petróleo venezolano y un cambio en la presidencia del país.
La derecha radical actual parece creer que hay cosas que sólo le van a ocurrir a gobiernos ideológicamente hostiles a EE.UU., pero ese no tiene por qué ser necesariamente el caso.
Es curioso el apoyo a Trump de la derecha sudamericana que antes defendía los principios de soberanía y no intervención.
Y el Escudo de las Américas en sus documentos va mucho más allá de la lucha contra el crimen transnacional organizado: habla de control de inversiones, de mantener cadenas de suministro libres de fuentes no confiables. Eso quiere decir China, y no tiene nada que ver con el crimen organizado.
En uno de esos documentos se invoca el TIAR, que es una alianza militar del tiempo de la Guerra Fría para actuar conjuntamente ante la eventualidad de un ataque militar soviético.
¿Cómo evalúas los resultados que están teniendo los presidentes de derecha electos con la promesa de mano dura en seguridad?
Defino la mano dura con base en dos criterios. Uno son las penas más severas. Pero más importante que la duración o lo severidad de la pena, es la probabilidad de ser condenado. Por eso, las penas más severas no hacen mayor diferencia.
Otro criterio es el uso de fuerzas armadas. En Ecuador, el presidente Noboa aprueba el decreto que le permite usar a las fuerzas armadas en el combate al crimen organizado en enero de 2024. Y, en 2025, Ecuador tuvo más de 50 homicidios por cada 100.000 habitantes, la mayor tasa de su historia.
México empieza a usar a las fuerzas armadas en la lucha contra el narcotráfico en 2007, cuando la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes era de 8 por año. Y, hacia 2023, llegaba a 24.
Entiendo que, cuando la tasa de homicidios crece significativamente, no persuade a mucha gente decir que el plan Bukele en El Salvador implica violaciones de derechos humanos y del debido proceso.
El plan Bukele se basa en detener a más de 2% de la población adulta con el perfil que se cree que tendría un pandillero: hombre, joven, de estrato popular, con tatuajes, sin educación superior ni trabajo conocido. Y claro, funciona.
Pero el problema fundamental en El Salvador era la extorsión. En nuestros países del área andina, es el narcotráfico o la minería ilegal, que genera rentas muy superiores a la extorsión. Entonces, no son casos comparables.
Si la mano dura es ineficaz, ¿por qué la gente y los gobiernos insisten con eso?
Primero, porque la derecha radical usa el temor. No apela a la razón, apela a las emociones. Y sabemos que, cuando hay conflicto entre emociones y razón, las emociones prevalecen.
El discurso de la derecha radical es atizar un temor que ya existía por razones legítimas.
Kast ha sido denunciado en Chile por sobreestimar en más de tres veces la incidencia de delitos violentos antes de que llegara al gobierno. Pero, si el propio presidente lo dice y hay un contexto de crecimiento del delito real, aunque no en la magnitud del discurso oficial, ese temor alimenta el respaldo a políticas radicales.
Y las políticas de mano dura a veces funcionan en una primera etapa. En 2024, el primer año de aplicación del decreto de Noboa en Ecuador, bajan las tasas de homicidios. Luego baten récord en 2025. Lo mismo ocurre en México.
Con las grandes rentas que genera el narcotráfico o la minería ilegal, siempre va a surgir un actor con los incentivos y los medios necesarios para continuar con el negocio. Por eso, los resultados son efímeros.
En Perú, un estudio muestra que baja el delito en las regiones de Lima bajo estado de emergencia con presencia militar, pero crece en regiones circundantes. Simplemente los ladrones se van a robar a donde no hay tanto militar. Y cuando cesa el estado de emergencia, todo vuelve a foja cero.
No es casual que El Salvador esté bajo estado de emergencia desde que Bukele llegó al gobierno.
¿Qué importancia le das al triunfo electoral de Lula da Silva en Brasil desde un punto de vista geopolítico?
Con el triunfo de Lula, más de la mitad de la población y del PIB de Latinoamérica siguen en manos de gobiernos de izquierda.
La derecha radical había ganado siete elecciones consecutivas en la región. Pero Brasil no es un país más, y demuestra que esto no era una ley natural: el auge de la derecha radical no es algo indetenible.
Los fenómenos políticos siempre son producto de conflictos entre actores políticos, sin un resultado preestablecido.
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